“Está todo inventado” cuentan que dijo en 1899 Charles H. Duell, a la sazón comisario  de la Oficina de Patentes de Estados Unidos ante la cantidad de patentes que se registraban en sus oficinas a diario. Cierta o no la frase, en ocasiones revisando un poco la historia, nos encontramos con que alguien ya ha inventado lo que hoy vemos innovador.

Y aunque ahora veamos como una gran novedad los automóviles eléctricos, los mismos aparecieron por primera vez sobre el año 1835, de la mano del inventor escocés Robert Anderson, aunque previamente el húngaro Ányos Jeldik, ya había incorporado un motor eléctrico a un rudimentario vehículo en 1828.

Ya volviendo a nuestra tierra, un pequeño taller de Deusto “La Maquinista Bilbaína”, fundado por los empresarios Artiñano y  Hurtado de Mendoza y que se dedicaba a la construcción y reparación de maquinaria eléctrica, tuvo la genial o loca idea de construir un automóvil eléctrico, al que denominaron ARDIURME (por las siglas de sus apellidos (ARtiñano DÍaz y hURtado de MEndoza).

Emblema de “La Maquinista Bilbaina”

La empresa, según publicidad aparecida en el periódico “El Nervión”, se dedicaba a “la instalación de centrales eléctricas, transmisión de fuerza por electricidad, transformadores, dinamos y motores eléctricos”, contando por tanto con la experiencia necesaria en el apartado eléctrico para atreverse a la fabricación del vehículo.

El ARDIURME de “La Maquinista Bilbaína”

El ARDIURME se trataba de un automóvil estilo “Torpedo-cabriolet”, es decir, con zona descubierta para el conductor y con capota plegable en la zona posterior, donde los pasajeros viajaban sentados en dos banquetas orientadas en sentido contrario a la marcha.

El automóvil, con más apariencia de carruaje de caballos que de automóvil moderno, fue un desarrollo completo de la propia empresa y equipaba un motor de 18 CV al que suministraba energía unas baterías que podían ser recargadas en un enchufe doméstico, prometiendo 80 km de autonomía en condiciones óptimas. Si pensamos que el futuro Dacia Spring (por poner un vehículo popular) que saldrá al mercado en el año 2021 irá equipado con un motor de 44 CV y tendrá una autonomía de 225 km, tampoco hemos avanzado tanto en 115 años en lo que se refiere a movilidad eléctrica.

Según la prensa local eran notables las prestaciones de semejante invento, ya que “ningún coche extranjero que sepamos,se ha atrevido a intentar vencer (al Ardiurme) en la subida a Begoña por la cuesta de Zabalbide, dominando las enormes pendientes que ofrece y que alcanzan hasta 14,50 por ciento”.

Poco más se sabe de tan atrevida aventura, hay constancia de que se construyeron por lo menos dos unidades, una de ellas con destino a un propietario donostiarra. La empresa llegó a tener una delegación comercial en Madrid, pero su historia se pierde, y no hay referencias de que perdurara en el tiempo.

Esta vez el fracaso no fue de los empresarios, si no de la de todos los vehículos impulsados con electricidad. Tres años mas tarde de la salida al mercado del ARDIURME, Henry Ford presentó su Model T fabricado en serie, lo que le permitía vender a precios muy competitivos, contando sus vehículos con mejores prestaciones, mayor autonomía y facilidad de repostaje por la extensa red de gasolineras. Si a eso le añadimos el bajo precio del petróleo en aquel momento, la muerte de los vehículos eléctricos estaba clara. Aunque unos empresarios de Eibar no se dieron por enterados y lo intentaron en los años 50 con sus electrociclos.

Toca ahora ver qué nos depara el futuro del sector de la automoción, estratégico en Euskadi y que supone, sin contar la factoría de Mercedes en Vitoria, 18.000 millones de € de facturación anual y empleo para más de 85.000 personas.

Fuentes: Beasaingo Motor Asteburua, Autopasión 18, Olabeaga.org, Hemeroteca Diputación Foral de Bizkaia